J. M. Ferreira Cunquero
Publicado en el diario El Adelanto el 4 de octubre del año 2007, aunque lo volvería a firmar en este tiempo donde sigue arropoándonos la tela marinera
Son las seis de la mañana. En
Según Jiménez Losantos, España está
rasgada por las uñas de las hordas
nacionalistas, que exprimen las tontadas de un mediocre ZP, que pierde fuelle
para sacarnos de este fiasco.
Con el susto que tengo encima, antes
de salir de casa recuerdo que mi amigo Arsenio, el cartero de los Villares, heredó
de su padre un cañón que se trajo de la guerra, porque según dice él con cierta
ironía, le faltaba el agujero. Tengo que pedírselo por si acaso he de
defenderme de ese enemigo invisible, que de momento sólo ven los muy ilustres visionarios
de siempre.
De tanta hartura apocalíptica me
paso a
¡Tiene guasa el asunto! Que a
estas alturas de nuestra democracia se nos diga tan a las claras que el
organismo judicial que dirime cuestiones constitucionales pierde aceite por la
derecha o la izquierda, es para apagar la barraca y dejar de una puñetera vez a
oscuras el baile. Es de traca. Según qué jueces formen el alto tribunal,
sabemos de antemano cuál va a ser su veredicto. Pero, ¿y la ética?, ¿y la
justicia?
Los intereses partidistas se
anteponen a la independencia judicial, que debe protegernos de los caprichosos vaivenes
que surgen de políticas cada vez más alejadas de los problemas reales del ciudadano. Cuando se nombran magistrados
hogareños con ideas afines, se amasa la “churranga” del insoportable
bipartidismo, que pringa en el disparate nacional el argumento evangelizador que
marcan sus altos representantes.
Al final me quedo como siempre,
con la tertulia de Luis del Olmo. Al menos, en la gran mesa de ese salón
radiofónico, se tocan estas temáticas con distintos puntos de vista, logrando que
se manifieste el ejercicio democrático, que ayuda a razonar lejos de esas
homilías aleccionadoras, que presagian que dentro de cuatro días andaremos de
nuevo a garrotazos.
Mientras disfruto leyendo El
Adelanto, caigo en la cuenta de que, tras los cristales, la gente pasea con
pasmosa tranquilidad. Todo sigue en su sitio y nadie nota, por el momento, que
el país se desquebraje. Vamos, que el ciudadano, entre la subida de las
hipotecas, el precio de los libros de texto y hacer cuentas para llegar a fin
de mes, no está para degustar otras milongas…

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