17 de noviembre de 2018

PUERTAS AL MAR




J. M. Ferreira Cunquero


Foto. noticiasuniversal.com
Nadie los quiere.  Son pasto humano de cosechas interminables que acentúan un dolor que sobrecoge. Aquí sólo podemos ver que llegan abrumando nuestra sagrada tranquilidad europea, ese supuesto estado del bienestar en entredicho, que nos pertenece por ser quienes somos. Por ello hemos de defender con uñas y dientes nuestra tranquilidad ante esta avalancha de desheredados que anhelan encontrar un hueco en este intocable paraíso consumista.
Es la gran contradicción de este tiempo, empeñado en establecer la implacable globalización uniformadora, como un escupitajo a la libertad que debe someterse a fríos criterios económico-sociales. A la vez, nos alimentan con un miedo potencial a toda una gama de terrorismos, voceados por demasiados intereses, que anhelan destruirnos el ánimo hasta hacernos creer que hemos de  defendernos de nuestra propia sombra.
La solidaridad tan preconizadora por todo tipo de movimientos progresistas en el pasado reciente, ha huido a un segundo plano, acomodándose nuestra sensibilidad humana en la dejación irresponsablemente interesada que pone, en manos de los gobiernos de turno, el compromiso de responder en nuestro nombre a cualquier demanda social.
Ramón Jáuregui en nuestra ciudad disertaba hace unos años sobre esta temática, remarcando la idea de que las ONG’s y los ciudadanos debían acometer ese grado personal de compromiso que es imprescindiblemente necesario para salvar, en casos concretos, situaciones límite escalofriantes. Lo que podríamos entender como limosna sobrante -decía el político vasco- es una necesidad, supletoria muchas veces, de una obligación que el estado es incapaz de asumir por el entumecimiento de su maquinaria pesada o por otras cuestiones que, amparándose en la tibieza del capitalismo arrollador, no acaban de resolver las problemáticas que se presentan inoportunamente en cualquier momento.
La cuestión de fondo, ante la imparable mezcla de culturas que surge de los grandes movimientos migratorios, es creer que podemos ponerle puertas al mar o sostener estas mareas humanas con leyes más restrictivas. Nuestro pasotismo humanitario olvida inexplicablemente, desde hace demasiado tiempo, el enorme problema de la hambruna;  se avivan guerras civiles perpetuas con hipócritas ventas de armas; esquilmamos la materia prima que somete a los pueblos a una debilidad económica insostenible; seguimos padeciendo una sordera crónica ante la petición de condonar las deudas que ahogan y propician estados de esclavitud impropia de este tiempo (¿progresista?, ¿avanzado?).
 Si nos ponemos en el lugar de quienes se aventuran a encontrar la muerte intentando tocar nuestras costas, es fácil discernir que no hay muro que pueda contener el ansia de alcanzar aquí la dignidad perdida.
Recuerdo unas conmovedoras e inolvidables palabras de ese cura con espíritu de santidad que desarrolla su magisterio en la parroquia del Puente Ladrillo. Antonio Romo decía en una ocasión que él no entiende de papeles ni de legitimidades que puedan mermar el derecho de cualquier hombre a ejercer su libertad en cualquier parte del mundo. La actitud cristiana lejos de cualquier tendencia política -aseguraba este sacerdote ejemplar y tan querido- debe ser la de abrir los caminos de este mundo privilegiado, sin caer en la tentación seudo-policial de hacer indagaciones o exigir papeleos o signos de identidad que nos revelen si un ser humano puede acomodarse a nuestra forma de ver y entender la vida.
Es complicado defender estos principios en un mundo atiborrado de fronteras que dificultan, cuando ya no existen distancias, la comunicación y el espíritu solidario que debería dar respuesta a la esperanza del hombre.
Lo fácil es no aceptar que nuestra racha de suerte ha de ser compartida con quienes rechazamos por su aspecto deprimente; que nuestros niños no se mezclen con esos niños de mirada desconfiada y oscura. Faltaría más que vengan ahora a robarnos lo que nos pertenece -como decía antes-…, siendo nosotros quienes somos. ¿Y quiénes somos nosotros?


Publicado en el diario El Adelanto septiembre.2007


21 de septiembre de 2018

A RICARDO, ESE PRIMO QUE SUPO SER LIBRE



La tierra de Figueruela vuelve a ser alfombra de emociones, que acogen lo que somos en la raíz de su aliento.

Richard (así le llamaba) seguramente estaba cansado de su libertad, de hundir en su pecho el aire alistano y de mirar al monte para interpretar, en el aullido del lobo, la hora de partir hacia las estrellas.
Ricardo, ese primo único e irrepetible porque venía mordiéndome el alma desde la remota niñez en lo más hondo de cuanto tengo, me duele…
No puedo descifrar cómo lograré abrazarle en las coordenadas que con tanto sigilo construye el silencio. Menos, mirar al corazón para reconstruir la mirada y tornar a esa huerta que guarda, en la frente del añejo Castro figuerueleño, la especial mirada de nuestro fray Romualdo, aquel fraile de corazón universal que, junto a Ricardo, Esperanza y Jaime me mostró las añejas virtudes de su asentamiento antiguo.
No sé si podre regresar a la moral sin que su sombra azuce la hojarasca… y el recuerdo perturbe la paz, cuando amanezca en aquellos días de la infancia más lejana… no sé si conseguiré bajar a la Ribera y apartar la maleza sin ir a su lado…
La última vez que estuve junto al regato escondido bajo el ramaje abrupto que bendice, en la Sierra de la Culebra, la libertad de su naturaleza virgen y cromática, Ricardo me llevó a los castaños, porque necesitaba sentir a mi madre pastoreando por el paraje…  Ricardo, sabio como pocos, me hizo ver que aquel lugar era un santuario, donde las liturgias del tiempo exhalan las voces permanentes de los nuestros…
Sigo sin creer que ese primo, rebosante de una salud insultante, haya decidido irse en cuatro días al otro lado de las horas.
Pero me siento orgulloso, muy orgulloso de vestir su sangre en los adentros y de haber compartido con él tantas historias en la distancia; orgulloso de escuchar a las buenas gentes de aquel terruño amado, que perdían un hombre bueno y ejemplar. Una anciana decía que quién iba ahora a darles el consejo oportuno o la indicación necesaria sobre la siembra o la poda…
¿Qué haremos sin su filosofía familiar cuando necesitemos poner un acento en el baluarte más sagrado de la memoria?
En el recuerdo permanente de los días, su erudito pensamiento florecerá en la primavera de los años y Aliste, como madre tierra que acoge a sus hijos, estoy seguro, que nos lo devolverá con la última canción de sus vientos…