19 de junio de 2017

¡QUÉ IMPORTAN ESOS MUERTOS!



 
J. M. Ferreira Cunquero

 Qué sería de nosotros sin esos tracaleros de la palabra, a los que pagamos un buen pastamen por no ser más que eso, charlatanes con un careto más duro que el granito. Gentuza esa, a los que les importa un céntimo de euro desdecirse, bajarse de la burra por un lado y montarse por el otro; olvidar de dónde vienen cuando les viene bien vendernos el dónde van y mentir mientras imaginamos cómo les crecen más de un metro las napias. Son los rastrojos del condominio patrio, los auténticos brotes verdes de las ingenierías conspiratorias, que están jodiendo a conciencia lo poco sano que le queda a nuestra endeble democracia. Una democracia que es incapaz de igualarnos a todos ante la ley, como puede comprobarse con todo lujo de referencias en estos días en los que campa el unte y el choriceo, como imparable costumbre de golfos y maleantes, que se nos han pegado cual parásitos a la chepa.
Y es que no hay forma de creernos, que aquí somos los putos amos de este invento, por más que intenten hacernos creer, los más listos de la clase, que nuestro papel social no pasa de ser unos pobres tontainas, que no aprenden a separar la mala hierba de la espiga.
Una vez que hemos asimilado que los políticos son imprescindibles dentro del ámbito democrático, es hora ya de señalar con el dedo a los inútiles tragaldabas, que sin oficio ni beneficio se convirtieron, gracias a un buen apadrinamiento, en profesionales del sí mi amo; obedientes sujetos, que se han trasformado en meros valedores de quienes, en las alturas, solo piensan en mantener caliente el cojín de un escaño; un escaño donde se escoñan tantas veces las buenas propuestas de algunas Señorías.
Pero el problema, el grave problema es que abundan los ilustres beneficiarios del mamoneo cual si fueran una banda de estómagos agradecidos que, sin haber cotizado ni un solo día a la Seguridad Social, pueden permitirse el lujo de dirigir el cotarro con todo tipo de intolerables deslices contra la razón.
Pero todo da igual ante estos doctos del disparate, que inventan parafernalias y linimentos, mientras se viste de riguroso luto la pobreza que, como una plaga imparable muerde los cachiruelos de la cosa familiar por todas partes.
Hipócritas de medio pelo, que mientras se baten el cobre contra el aborto, tratan a pelotazos a quienes viven (con olor a salitre y terror) buscando cerca de nosotros la morada.
Es la caterva de los hijos del dólar y el euro, que no suelen desdecirse (aunque sea por mera humanidad) de lo que todos hemos visto en el cajón más atontado de la casa. No se enteran o no quieren enterarse de que han vuelto a caer en las redes de la mentira, mientras injustamente, otro montón de muertos, copa el espacio de los hijos que nunca llorarán las madres.
Pensar que pudo haber barcazas de parsimonia quedas como mudos testigos ante el banquete de muerte que el mar se daba, es para vomitar antes de bajarse definitivamente de este país, donde se puede seguir vendiendo humo sin pagar peaje.
No hizo falta matar a nadie, porque ellos solitos se fueron ahogando. Después, -lo hemos visto- se da un “glorioso recibimiento” a los haraposos mendigos de la nada al tocar nuestra tierra. Dio igual que les faltasen las fuerzas, o que acabasen de ver cómo un montón de compañeros de viaje había perdido la vida a su lado. Lo importante, lo que debía hacerse (cumpliendo órdenes estrictas seguramente) era devolverlos, como si fueran un manojo de berzas, al terreno marroquí, donde los derechos humanos forman parte de la gran falacia que tratan de vender nuestros indigestos vecinos.
Quizás esté llegando la hora en que debamos preguntarnos, muy seriamente, si nos merecemos que este atajo de incompetentes maneje nuestro destino, o si seremos nosotros los culpables de esta pasividad que les permite vivir del cuento a nuestra costa.
Pero, ¿qué ha pasado para llegar a este estado, donde la incompetencia es un diploma exigido para llegar al orgasmo del poder? ¿Alguien tiene esperanza de que esta muchedumbre de ineptos pueda salvar este país de la hecatombe? Pregunto. Vamos…, por si alguien tiene la ocurrencia de pensar que todavía es posible creer en esta partitocracia bochornosa...

6 de abril de 2017

EL NAZARENO JOSAFAT, HIJO DE ADIEL



Relato de la Pasión:

J. M. Ferreira Cunquero

Dibujo: Andrés Alén
      De repente el aliento se transformó en un cuchillo que quería desgarrarme el alma. Allí estaba encubriendo mi cobardía detrás de un grupo de gente que lloraba con amargura.
Como un mezquino miré hacia los adentros y sentí vergüenza de ser tan miserable. Humillado  bajé la mirada deseando cavar con los ojos allí mismo mi tumba…


UNOS MESES ANTES…

Venía formando parte de aquella caravana que había partido de Damasco con tres camellos cargados de metales para la herrería, cuando paramos en Cafarnaum para rezar en la sinagoga y darle descanso a los animales.
El sol plomizo dejaba caer sin piedad un fuego incandescente sobre las calles desiertas. El ambiente reseco, como una infusión de esparto y arena, rascaba la boca y la garganta. Por eso me extrañó, al salir de la fonda, ver a aquel gentío al final de la calle, en silencio, frente a una de las casas.  
Aunque estábamos a punto de partir hacia Jerusalén, la curiosidad hizo que me acercase a aquella multitud para saber qué pasaba.

-          ¿Se puede saber qué ocurre?
-          Está dentro de esa casa el Nazareno.
-          ¿Y ese quién es?
-          Jesús el Nazareno, ¿no has oído hablar de él? Hace milagros en nombre de Yahvé; sana y cura enfermedades sin solución y hasta ha resucitado -según cuentan- a varios muertos.

Aquella respuesta me pareció tan propia de fanáticos demenciales, que no le habría prestado interés alguno si no hubiese sido por la curiosidad de saber quién podía ser aquel nazareno.
De repente los gritos de algarabía brotaron de la casa de tal modo, que la gente que estaba en la calle comenzó a alabar a Yahvé mientras saltaban abrazándose de alegría: ¡milagro!, ¡milagro!
Una anciana que estaba cerca de mí me agarró del brazo mientras me decía:

-          Jesús ha sanado a la suegra de uno de sus discípulos.

La situación era tan grotesca, que estuve a punto de reírme de forma incontrolada ya que no podía entender cómo un charlatán de poca monta podía ser capaz de reunir a tantos partidarios, y mucho menos que se entregaran de forma tan alocada a creencias y paganismos que solo pueden brotar de endemoniadas y oscuras hechicerías.  
¿Cómo era posible que se pudiera llegar a creer que un desvergonzado de mala calaña lograse resucitar a los muertos?
Cuando anunciaban la partida de la caravana, me quedé paralizado al ver salir de aquella casa a Jesús, Jesús el hijo de José. No podía dar crédito. Aquel al que yo conocí y con el que había compartido una parte de la vida, era el personaje que esperaba ver aquella gente.
Por más que traté de acercarme a él fue imposible; la muchedumbre lo cercaba tratando de tocarle la túnica blanquecina que vestía.
Estaba consternado ante aquella situación incomprensible. Pero, ¿en qué locura se había hundido aquel inolvidable compañero de aventuras?
Grité cuanto pude:

-          ¡Jesús!, ¡Jesús! ¡Soy Josafat!, el hijo de Adiel.

Era tanta la algarabía que le circundaba que no pudo oírme. Mientras caminaba consternado hacia la caravana de la que ya habían partido los primeros camellos, me di la vuelta para ver cómo Jesús se introducía de nuevo en la casa.
El viaje hacia Jerusalén se me hizo eterno. Me moría de ganas por referir a mi anciano padre lo que había presenciado.
El recuerdo abonaba en la mente el deseo de inquirir a la pobre memoria, para que me trasladase a aquellos años de la infancia, cuando al lado de Jesús pasé las horas más conmovedoras e imborrables que recuerde. Juntos habíamos ido a la sinagoga, compartimos enseñanzas y en los peñascales y en las cuevas vivimos las fértiles horas de la niñez perdida.
Emparentadas por lazos hilvanados en la antigüedad, las dos familias convivimos y compartimos cuanto teníamos, hasta que la relación se vio truncada cuando un viajante egipcio le propuso a mi padre que se hiciese cargo de una de las mejores herrerías de Jerusalén.
…..

Pasaron apenas unos meses desde aquel extraño encuentro en Cafarnaúm cuando en el templo los sacerdotes denunciaron al que llamaban pecador de Nazaret con todo tipo de injurias e imputaciones.
En silencio escuché aquellos cargos que, dirigidos contra mi recordado amigo, refutaban mi total convencimiento de que había sido tocado por algún tipo de locura incurable.
Estaba metido en estas aflicciones, cuando mi pobre padre inició el camino final hacia la tierra. Todo a mí alrededor, en aquellas fechas comenzó a oler a desgracia y pesadumbre.
En tan lamentables días, me enteré de que Jesús había sido condenado a muerte de cruz por Poncio Pilato, prefecto de la provincia romana de Judea.
El martillo caía sobre el yunque espoleando mi zozobra, mientras me autoconvencía, de que no debía acudir a presenciar su ejecución. Yo no podía ver colgado del madero a quien compartió a mi lado los felices años de la infancia. Menos aun podía permitirme que los sacerdotes pudieran descubrir mi parentela con el reo.
Mentalizado, urdí mis pobres miserias  hasta convencerme de que ya nadie podía salvar a Jesús pues, presa de aquel mal de ojo que le tenía cegado, había cometido la osadía, en su delirio,  de asegurar ante el sumo sacerdote que tenía reinos en otros mundos.
……
No sé qué extraño viento, en el interior de mi corazón, me empujaba a traspasar la ciudad para verlo por última vez. El aliento me ahogaba el pulso y en la conciencia puñaladas de irracionalidad desbocaban mi furia…
Desde lejos pude ver la cruz vacía y cómo un grupo pequeño de seguidores envolvían en la tela blanca su cuerpo.
Aunque vi a María, no tuve valor de ir a darle un abrazo por miedo a la guardia romana.
Mis intereses comerciales no podían ser trastocados por el impulso de acercarme a quien había caído en desgracia por su demencia.
Humillado, volví a bajar la mirada deseando cavar con los ojos mi tumba… cuando descubrí que aquellos clavos tiznados con su sangre habían salido de mi herrería.
Amargamente lloré mientras el cielo se partía en mil fracciones y un temblor de ausencias abrazaba la ciudad como si allí estuviese despertando el infierno.
Me perdí por la urbe mientras la gente asustada corría despavoridamente por las calles.
La consternación me agarrotó los sentidos cuando llegue a casa y vi que mi padre…

Publicado en la revista Christus 2017