EL CAJÓN DE LOS RUIDOS
Era
verano. Un día de esos de julio en los que el sol de fuego te quema hasta la
sombra. Como ya tengo aprendido que en esas tardes calurosas, los cines son muy
cómodos para pasar a la fresca dos horas, me fui con un amigo a ver una de esas
películas intranscendentes que valen para entretener el rato sin comerte el
coco.
Mientras daba comienzo la sesión nos dio por
recordar tiempos pasados, en los cuales las salas cinematográficas eran
insoportables por el calor que en ellas se pasaba.
Pues mira por donde, nos quedamos de repente
a oscuras, con las luces de emergencia. Como en todas las salas pasó lo mismo
por un fallo eléctrico, comenzamos a sudar de tal forma que recordamos y
revivimos tiempos anteriores a lo bestia. El gafe de nuestra conversación nos
hizo saber de nuevo que los acomodos de este tiempo nos han hecho frágiles
muñecos de algodón.
A pesar de esta anécdota
defiendo que el cine hoy es un espectáculo sin paliativos. Incluso en una
película mediocre, simplemente por el sonido si la música es medianamente
aceptable, y la fotografía que hoy es más que digna, pues no se pierde el
tiempo. Si por el contrario damos con una de esas cintas inolvidables que todos
los años llegan a las pantallas, pues la diversión es completa e inigualable.
Lo
único que me saca de mis casillas y me desazona, encabronándome, es ese ruido
de bolsas y palomitas que parecen no acabarse nunca. La moda americana de
mascar y roer jodiendo el silencio de los demás, me resulta insoportable. Y
todavía cuando das con gente que tiene cierta educación la cosa es pasable a
medias. Estos aprovechan la música o los efectos especiales ruidosos para
atacar la bolsa de turno con suma rapidez. Pero a otros como les importa un
carajo si molestan o no, van y te mascan como si fuera chicle revenido las
inacabables palomitas, sorbiendo de la maldita paja el refresco como auténticos
gochos de establo.
Por
todo esto, suelo preguntar en taquilla siempre, cuánto tiempo le queda al
largometraje en cartelera, para de esta forma programarme el día en que debo
acudir al cine. De esta manera, tengo la ilusión de acertar quitándome del
medio la molestia de quienes parece que no han comido en la vida.
La
mayoría de las veces me ha salido bien la jugada porque, cuando las películas
llevan mucho tiempo, en la primera sesión se suele estar en familia. Como
además suelo ir justo a la hora que empieza la proyección, escojo un lugar
distante de cualquier ser humano que pueda amenazarme con las rumiantes dentaduras.
El
otro día me salió mal la jugada. Aunque me distancié del personal, empezada la
película llegó una oronda moza que sacó del bolso un hipermercado de chucherías
al por mayor. No tuve más remedio que cambiarme de lugar, con tan mala suerte
que fui a dar con un prójimo señor que habría tenido mala la noche, porque en
cuestión de minutos roncaba resoplando como un poseso. “Las Horas” como obra de
arte merecía toda mi atención. Por eso me fui del cine, regresando al día
siguiente para gozar con tan extraordinaria película.
Pese a
estas molestias inevitables, el cine es un lugar excelente para frecuentar esas
vivencias fantásticas, con las que la vida paraliza sus resortes ante el
espectacular mundo de los sueños.
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