18 de febrero de 2025

Roedores en el cine

 Artículos periodísticos

EL CAJÓN DE LOS RUIDOS

 



      

          Era verano. Un día de esos de julio en los que el sol de fuego te quema hasta la sombra. Como ya tengo aprendido que en esas tardes calurosas, los cines son muy cómodos para pasar a la fresca dos horas, me fui con un amigo a ver una de esas películas intranscendentes que valen para entretener el rato sin comerte el coco.

          Mientras daba comienzo la sesión nos dio por recordar tiempos pasados, en los cuales las salas cinematográficas eran insoportables por el calor que en ellas se pasaba.

          Pues mira por donde, nos quedamos de repente a oscuras, con las luces de emergencia. Como en todas las salas pasó lo mismo por un fallo eléctrico, comenzamos a sudar de tal forma que recordamos y revivimos tiempos anteriores a lo bestia. El gafe de nuestra conversación nos hizo saber de nuevo que los acomodos de este tiempo nos han hecho frágiles muñecos de algodón.

A pesar de esta anécdota defiendo que el cine hoy es un espectáculo sin paliativos. Incluso en una película mediocre, simplemente por el sonido si la música es medianamente aceptable, y la fotografía que hoy es más que digna, pues no se pierde el tiempo. Si por el contrario damos con una de esas cintas inolvidables que todos los años llegan a las pantallas, pues la diversión es completa e inigualable.

         Lo único que me saca de mis casillas y me desazona, encabronándome, es ese ruido de bolsas y palomitas que parecen no acabarse nunca. La moda americana de mascar y roer jodiendo el silencio de los demás, me resulta insoportable. Y todavía cuando das con gente que tiene cierta educación la cosa es pasable a medias. Estos aprovechan la música o los efectos especiales ruidosos para atacar la bolsa de turno con suma rapidez. Pero a otros como les importa un carajo si molestan o no, van y te mascan como si fuera chicle revenido las inacabables palomitas, sorbiendo de la maldita paja el refresco como auténticos gochos de establo.

         Por todo esto, suelo preguntar en taquilla siempre, cuánto tiempo le queda al largometraje en cartelera, para de esta forma programarme el día en que debo acudir al cine. De esta manera, tengo la ilusión de acertar quitándome del medio la molestia de quienes parece que no han comido en la vida.

         La mayoría de las veces me ha salido bien la jugada porque, cuando las películas llevan mucho tiempo, en la primera sesión se suele estar en familia. Como además suelo ir justo a la hora que empieza la proyección, escojo un lugar distante de cualquier ser humano que pueda amenazarme con las rumiantes  dentaduras.

         El otro día me salió mal la jugada. Aunque me distancié del personal, empezada la película llegó una oronda moza que sacó del bolso un hipermercado de chucherías al por mayor. No tuve más remedio que cambiarme de lugar, con tan mala suerte que fui a dar con un prójimo señor que habría tenido mala la noche, porque en cuestión de minutos roncaba resoplando como un poseso. “Las Horas” como obra de arte merecía toda mi atención. Por eso me fui del cine, regresando al día siguiente para gozar con tan extraordinaria película.

         Pese a estas molestias inevitables, el cine es un lugar excelente para frecuentar esas vivencias fantásticas, con las que la vida paraliza sus resortes ante el espectacular mundo de los sueños.

         Posiblemente las palomitas y demás avituallamientos sean necesarios para mantener vivo el mundo del cine y a estos respetables empresarios que corren riesgos en un negocio no muy concurrido. No lo dudo, pero un servidor disfruta más con el cine en silencio.

Publicado en el diario Tribuna de Salamanca en el mes de mayo del 2003



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