EN EL ALCARAVÁN 4

1 de noviembre de 2016

POR EL CAMPO SANTO



POR EL CAMPOSANTO

J. M. Ferreira Cunquero

Ahora que tanto se menciona el derecho a morir con dignidad, me acerco a esas sepulturas donde yacen los restos de algunos personajes, que lograron irse de este mundo mirando en el último momento sin pestañear el finito rostro de la vida.
Al recordar la entrañable presencia de su inmediación, torna un amigo que se nos fue hace unos meses como antorcha inacabable, que ilumina recordando, con aleccionadora virtud, sus últimos instantes. Nos relataba con seguridad que estaba más cerca que nunca del Cristo semanasantero que él tanto estudió y predicó como sacerdote convencido en defender la religiosidad popular, que arraiga desde siempre en un numeroso sector del pueblo cristiano. Nos inauguran el ánimo sus inolvidables palabras, y la vitalidad de su figura nos llena, recordando aquella desnudez con la que se predisponía, nos dijo, a encontrarse por fin, al concluir su camino, con el rostro del Padre.
Paseando por el cementerio, bajo la mansa quietud de los viejos cipreses y el chabacano colorido de muchas flores hacinadas, recuerdo a otro ser humano especial, por haber vestido a lo largo de su vida, como pocos, el traje de la concordia. Ateo de ley, ex condenado a muerte por haber cometido el intolerable ultraje de ser y pensar de forma distinta a quienes ganaron la guerra. Retumban aún sus drásticas intervenciones, en acaloradas reyertas, exigiendo respeto hacia el mundo religioso y hacia cualquier pensamiento que no trasgrediera la plena libertad del hombre. Los golpes recibidos por aquel injusto vendaval de odio y locura en la contienda del treinta y seis, tradujeron su resentimiento en ansias bondadosas de consenso y perdón hacia sus enemigos. De forma ejemplar, un amanecer tomó la mano de la muerte, para alejarse tranquilo y seguro hacia la última morada donde, según él nos decía, existe un paraíso de tranquilidad y reposo sin presencia divina alguna.
Caigo en la cuenta de que los pardales viven felices entre los muertos y aunque la tarde comienza a extender sobre el camposanto con cierta lentitud la niebla, el paisaje salmantino con pictóricas veladuras de cálida luz viste al fondo sus doradas piedras.
Frente a una losa granítica siento la emoción, como siempre, del reencuentro con otro de los hombres más geniales que haya conocido en esta aventura existencial que marca a golpes de risa y dolor lo poco que somos. Su larga y penosa convalecencia no doblegó nunca el espíritu de una humanidad hasta entonces para mí desconocida. Cada día con él, era un milagro. Sus magnas lecciones nacían como algo natural de un empeño prodigioso en prepararnos a todos para su inevitable partida. Con un mes de antelación predijo con exactitud la fecha de su fallecimiento y, en aquellas horas concluyentes, una entereza inenarrable le cubrió el ánimo, para despedirse haciéndonos comprender que la muerte es algo tan natural que frente a ella sólo cabe dar gracias a Dios por haber vivido.
Al dirigirme hacia el panteón donde descansan los restos de Aníbal Núñez, caigo en la cuenta de que estas líneas verán la luz en la festividad de Todos los Santos. Día de intensas plegarias, que anhelarán el encuentro con los seres queridos en los etéreos espacios donde la ternura más íntima anímicamente nos abraza con ellos. Día de los Santos, estoy seguro, de todos, sin excepción, de todos los santos…

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