EN EL ALCARAVÁN 4

5 de junio de 2015

CARTA A LUIS CALVO RENGEL


Llevaba días pensando en que tenía que verme con Luis Calvo Rengel y mira por donde, ayer mismo me lo encuentro en una de las terrazas de la Rúa. Allí volvimos a compartir andanzas y añoranzas, mientras en esa mirada que él sostiene de profundidades intocables, se le afilaba la emoción al recordar viejas historias que él vivió, cuando la libertad que hoy tenemos, era pura quimera controlada por el miedo de aquella época negra y heladora de silencios.

Me acordé de la carta que le dirigí públicamente desde mi columna de aquel ADELANTO, que fue asesinado en esta ciudad, por la desidia y el pasotismo, que nos sigue bautizando mientras nos hacemos hijos de la gran indiferencia. 
Aquí la reproduzco para el general conocimiento, de que este hombre de bien, viene de lejos navegando por el cauce de su verdad...
 
A  CALVO RENGEL

J M Ferreira Cunquero

Aunque tu intención fuese la de remitir al servicio de radioterapia
del hospital, desde el agradecimiento, la carta que se publicó hace unos días en El Adelanto, en cierto modo me he sentido inexcusable destinatario de la misma. De ahí esta necesidad de contestar a tus letras con la mejor de las intenciones.

Ya te metí una vez en este Cajón de los ruidos, para rememorar andanzas y vicisitudes infantiles que se mantienen vivas, como rescoldos de un calor que entre todos supimos darnos en aquella barriada tan especial como la de La Vega. Intenté dejar claro entonces, que tú eres socialista viejo, vamos de los de antes, de los de siempre.

Entre otras cosas referí aquellas pantalonadas que tu Luisa tendía en el patio con la rúbrica de tu ilusión; tu desvelo por darle a la chavalería del otro lado del río, a través del deporte, alguna salida o distracción a la perpetua temporada del rancio miedo silencioso, que este país tuvo ceñido a la cintura como uno de sus mayores desastres.Y es que en el fondo hacías política hasta con tu sombra, y aunque yo fui niño de leche en polvo y pan pringao en aceite por aquellos años, pude percibir que mantenías viva en el recuerdo la imborrable marca de la posguerra. Permanentemente contigo estaba, ahora lo sé, tu padre, el muro y el silencio. Esto hace que valore con mucha más intensidad aquellas horas de la injusticia, en las que te supongo reclamando el riego incesante de tu memoria con la verdad.

¿Cómo no puede entenderse que gente como tú estéis peleando con tesón por sacar de las zanjas el descomunal fruto de tanto olvido? ¿Cómo puede existir todavía esa España de pandereta y esquilas luctuosas? ¿Cuándo reconoceremos el derecho humano a reclamar que seáis resarcidos con justicia quienes sufristeis la ferocidad de la dictadura que os llenó la chepa con tanto sufrimiento? ¿Quién tiene derecho a sesgar de tu memoria el vil asesinato de tu padre?

Nadie ni nada puede resarciros con un talón de pesadumbre o arrepentimiento. Nadie. La amargura de vuestra impotencia, aunque no se puede extirpar, al menos debe recibir la pócima de la comprensión por parte de quienes hoy ven en vuestro anhelo -tiene narices la cosa- planes de odio y revancha. En el fondo este país sigue manteniendo en alto (por mucha propaganda que nos impriman en la trastienda de la tontería) el garrote histórico de sus pobres y miserables contradicciones. Nos falta un hervor democrático. Es como si no quisiéramos presentarnos al examen definitivo donde pudiéramos aprobar de una puñetera vez, para siempre la asignatura que arrastramos como eternos repetidores del curso del encuentro y la concordia.

Todo esto viene a cuento para decirte que la quimio o la radioterapia ayudan, pero el puño cerrado del luchador atiza. Aunque te honra que agradezcas a los galenos su buen oficio, tengo la plena seguridad de que el cáncer, en gente como tú suele morder en terreno infructuoso. La experiencia de tanta batalla, lo voy comprobando, ayuda a no perder el rumbo por este horizonte increíblemente hermoso que la existencia nos regala apenas aprendemos a escudriñar la belleza del corazón humano.

Te honra que públicamente hayas tratado de encender la moral en quienes viven esa travesía dolorosa de la incertidumbre. Vuelve a ser el gesto de quien aprendió, a base de latigazos, que la vida nos exige compartir solidariamente la experiencia, y que un soplo de humanidad nos honra como seres humanos.

Celebro tu bravura, por otro lado de sobra conocida, esperando que nos tomemos el café que mi cariño especial hacia ti te adeuda desde siempre.

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