EN EL ALCARAVÁN 4

3 de septiembre de 2009

Contrapuntos del verano

J. M. Ferreira Cunquero

Llegan desperdigados. Sin apenas fuelle para cruzar la línea que marca la coronación del Tourmalet. Si no fuera por los ánimos que les infunden los dirigentes del equipo, en las últimas rampas, más de uno se habría rajado.
Tan osados jovenzuelos pertenecen a un equipo holandés, que ha venido a entrenarse, con la ilusión de introducir en su historial la proeza de haber escalado estos legendarios desniveles, donde se dieron las grandes gestas del Tour de Francia.
A lo lejos el Aspin asoma entre nubes diseñando un cuadro que sólo puede colgarse en la inmensidad de este museo, que al atardecer es otro ejemplo de lo que natura provee.
Me he acordado mucho en estos días de mi tocayo José Javier Ferreira Fuentes. Un montañero salmantino, que lleva en las alforjas unas cuantas proezas por los cincomiles. La envidia me recome cuando lo imagino en la soledad montañera como un dios de estos espacios que nutren, como ningún otro, ese sentido de libertad, donde ni los susurros del aire interfieren las perspectivas silenciosas de la plenitud más exacta.
Pero los días, -qué digo- las horas vacacionales como neblina se evaporan en el menguado sueño, que nos desvanece, sin darnos cuenta, la frágil memoria mientras nos introducimos en la realidad, donde lo que nos rodea vuelve a darnos el estricto y certero puntapié, que nos ubica repentinamente en este inaguantable galimatías mundano.

Y es que el veranito de marras ha vuelto a derretir las seseras de los incongruentes y de toda la rapiña que, escudada con suma vileza en el anonimato, le pega fuego a lo poco que nos va quedando en el monte. Estos monstruos deleznables y oscuros, por muy enfermos que estén son, además de pirómanos, vulgares asesinos que, por darse una alegría de descerebrados sin conciencia, se han llevado por delante, como así ha ocurrido, varias vidas humanas. Meter a esta calaña en justificaciones pastoriles, o calificarlos como defensores de una lucha contra nefastos diseños institucionales de la arboleda o la fauna, cuando menos es un ataque a la razón insufrible.
Este desastre, que venimos padeciendo desde tiempos remotos, vuelve a encender viejos reclamos que preconizan el endurecimiento de la ley, como si ésta tuviese la capacidad, por sí misma, de cortar en la raíz lo que crece como forraje de una carencia educativa, que insufla la falta de respeto hacia todo lo que tiene que ver con la naturaleza o el ser humano.
Por mucha ley que reivindiquemos, poco puede hacerse contra estas alimañas, que crecen en el cobarde anonimato como una espeluznante amenaza para todos.

Pero a parte de esta incendiaria calamidad que nos rodea, otros fuegos estivales han puesto a hervir nuestra paciencia, probando el que parece ser nuestro inagotable aguante.
El guirigay político, zafio, incongruente y calamitoso, por empecinado y absurdo, ha vuelto a reclamar cacho en esta empanada nacional que nos revuelve las tripas como ningún otro alimento.
La corrupción que desvía nuestra pasta a bolsillos indecentes, provocando compraventas de voluntades a la carta, debería despertar los ánimos ejemplarizantes que desemboquen en la caza de estos mafiosos que se mofan de la presunción de inocencia. Pero lo que se hace es tejer cortinas vaporosas del despiste, para dejar tan mareado el mochuelo, que al final nos quedamos con la sensación de que aquí sólo se persiguen gamusinos con el único fin de tomarnos el pelo.
Los recursos, contrarrecursos y todo el amparo judicial del sistema ralentizan los procesos, de tal forma que los años nos anestesian la opinión, enredándonos en una maraña propagandística empalagosa.
Nos han estrenado tantos cortometrajes veraniegos en estos meses, que el patio de butacas nacional, como no puede ser de otra forma, huele a indiferencia.
Al final lo logran. Poco a poco, por nuestra propia cordura vamos introduciéndonos en las huestes pasotas, que nos disuelven el ánimo hasta no recordar cómo se grita. Lo importante es eso, controlar el chiringuito y que las voces no suban el tono por si acaso.

Publicado en el diario El Adelanto de Salamanca el día 3 de septiembre de 2009











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