EN EL ALCARAVÁN 4

26 de enero de 2009

BALADA DEL VIEJO…


J. M. Ferreira Cunquero

“Todos estamos solos a la intemperie…”. Ésta es una de las frases que, intercaladas en la novela Balada del viejo de los cafés, marcan
la huella autobiográfica del autor. No podía ser de otra forma cuando estamos ante un hombre indócil, que azuza el desasosiego como norma, para tocar con celo las vicisitudes de la vida. Él es su propia revolución, el ocaso y el principio, la furia y la tregua. Su inquietud es la de los sabios inconformistas que palpan, en cada segundo, el poderoso milagro de la existencia y es fácil, una vez que se le conoce, percibir en sus ojos la impregnación de un alma nacida sólo para entregarse.
Tomás Hernández Castilla, sobre todo y por encima de todo, es poeta. Poeta de una necesidad que fluye en torrentes de luces y sombras, que nutren permanentemente la incandescencia del agobio y el grito. Por esto su novela (otro de los grandes gozos del pasado verano) está embebida de una parte imprescindible de la verdad literaria y auténtica de este abulense que, residiendo en Salamanca, nació para suerte suya y nuestra junto al seductor entorno de Gredos.
Tomás Hernández Castilla lleva la exploración de la vivencia como una perenne antorcha, que ilumina sus trayectos constantes hacia el íntimo hogar de los reencuentros más ilocalizables para beber la fuerza de la continuidad sobre el camino, que para él es aliento inconfundible de libertad absoluta.
Es, a la sazón, un luchador permanente, que alza el puño de las evidencias con la naturalidad del hombre que nace para ser bueno. Todo encaja en un engranaje predispuesto a dar testimonio de que todavía es posible que el hombre especial habite abrigado por su verdad en este indómito y falaz tiempo de locura, donde sólo los héroes tienen la capacidad de engarzarse a las raíces de la tierra, para buscar el nexo común que les une al indisoluble recuerdo sin traumas.
Esta forma de sentir, de ser, no podía obviarse en una novela que acoge los ritmos poéticos y los rasgos filosóficos que definen la calidad humana, quizás sorprendente para quien no conozca a este enamorado escritor de los entornos y las vivencias.
En Tomás Hernández, el pálpito de vida fluye como un canto a los lugares y a las gentes amadas, que inseparables germinan en Gredos, en cascadas con frescura y humedad olorosa a perfumes añejos. Crepúsculos y voces existenciales que promulgan con exactitud el sueño necesario de un niño, que habita con insistencia en el afán de sus horas intensamente creativas. Porque en el fondo, Tomás es ese niño que se resiste a brotar lejos del aire libertario que escupe con precisión la montaña.
En su libro anterior, Ámbitos, su identidad poética viaja a los ritmos del interior para mostrarnos la antesala premonitoria de esta novela, que nos introduce en las encrucijadas portentosas de un ser humano que sólo vive para existir con autenticidad. En Balada del viejo de los cafés, los personajes coexisten rasgueando en todo momento las propias desavenencias, que contrastan y superviven con la paz misteriosa del sosiego absoluto. Misterio y zozobra, promulgando con fondo enigmático la necesidad de justicia y la rebelión incontenible de un autorretrato fiable, con el que el autor nos lleva, a través de la prosa del deleite, hacia la desnudez de unos interlocutores impregnados de la tribulación que impugna el caos del conformismo existencial, que nos resume en tres líneas agotadas lo que somos: aves de paso, domesticadas hacia la obediencia total, que amanera la incitación a ser dóciles transeúntes que en silencio nos vamos en calma.
En Balada del Viejo de los cafés, Tomás Hernández Castilla nos regala los rumbos de su trayectoria, retándonos a descifrar las claves que, a través de su gozosa escritura literaria, nos descubren el sorprendente vaivén del ciclo vital, que se sucede tornándonos a la nueva búsqueda del inicio.
Hernández Castilla es en definitiva la propia balada de un viejo, que va dejando por los cafés, con insistencia, el aroma ingrato de la injusticia…

Publicado en El Adelanto de Salamanca el jueves 22.01.08

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