EN EL ALCARAVÁN 4

19 de diciembre de 2008

COLLAGES DE LA CIUDAD




J. M. Ferreira Cunquero

Hasta mediados de enero podemos contemplar, en la sala de exposiciones de la Casa de las Conchas, un racimo de sueños, en el que nuestra ciudad nace y se deshace, aglutinando sugerentes armonías desde la fiel querencia que impulsa a quien nació para observar como pocos este mágico hogar de la piedra.
Rafael Cid nos invita, a través de sus collages, a penetrar en los entornos que en él eclosionan como argumentos de un noble afán por mostrarnos estéticas e incitantes estructuras, que fueron surgiendo al amparo de la creativa luz de su mirada.
Ésta es una muestra que florece entre el acento crítico y la generosa entrega de una indagación apasionante. Lo podemos comprobar en los documentos gráficos que testifican, con rumor de griteríos anteriores, la implicación del artista en el proceso transformador de una ciudad viva como la nuestra. De ellos resalto el que en su día sirvió para rescatar esa rinconada entrañable, en la que merodea, como excelso vigía de la ciudad más profunda, el poeta e inolvidable amigo José Ledesma Criado.
Rafael Cid, desde una posición crítica, dejó en muchas ocasiones esa constancia, que nos describe la autenticidad del personaje, cuando se posicionó con firmeza frente al caprichoso interés político-ladrillero, o cuando en otras situaciones, desde el sentido común de la experiencia, aportó con todo tipo de valoraciones la firma de su buen criterio.
La exposición acertadamente nos revela, junto a sus espectaculares composiciones, proyectos y bondadosas travesuras que, discrepando en el pasado, sitúan al artista en el lugar que le pertenece: un etéreo solar donde irrumpir con fuerza innovadora, sin temor a mostrarnos la hipótesis de una ciudad que le pertenece cuando, al hollar con emoción creativa sobre el material empleado surgen, con fuerza experimental, atractivas insinuaciones escultóricas.
Bajo ese prisma seductor de los espacios y las trazas deleitosas, que en Rafael se han forjado con insaciable ímpetu idealista, es fácil saborear el extraño hechizo de la confabulación que nos estimula a ser parte de las tonalidades sepia, que nos desvisten el cálido sopor de los sentidos. Un halo de orfebres insinuaciones nos invita a tornar a las tenues trasparencias, haciéndonos presentir nostálgicas brumas, que nos abren con fuerza el espumoso abrazo del tiempo. Un vaho delicado de antigüedad en los edificios con blandura me recuerda la admirable relojería dalidiana, mientras que, de los espacios abiertos, sorpresivamente surge la incitación a descifrar las perspectivas imposibles de un paisaje urbano que no nos deja indiferentes.
Bajo ese acomodo del minucioso y complejo proceso creativo del collage, Cid Tapia nos muestra algunos rincones que en él, más que entelequia, son necesaria aportación a esta ciudad, que no debe permitirse más gazapos (desde el punto de vista urbanístico) que vuelvan a descubrirnos el sello de la casa como contraseña intolerable de dejadez o influencia.
Así podemos contagiarnos de la ilusión del artista, al contemplar la magnífica proposición que transforma, con diseñada certeza, la enladrillada Plaza de los Leones que, más que plaza, es un insulto a la coherencia que debe presidir cualquier enfoque o tratamiento del centro histórico de Salamanca.
Sobre los metacrilatos, Rafael Cid incrusta textos que podrían ser síntesis de brega y andadura. Pese a que él no les da la importancia que tienen, al ser descifrados (y reconociendo que plásticamente son parte sustancial de la obra) ostentan un interés práctico e histórico, que nos desvelan con la ironía natural del autor, algunas peculiaridades que no dejan de ser apuntes del rancio y divertido color de esta ciudad increíble. Me quedo con el detalle que nos recuerda, con cierta sorna, el esperpéntico safari turístico verbenero que busca dar caza visual infatigable en la fachada de la Universidad al famoso batracio.
Me complace de tal forma la ciudad que Rafael nos descubre, que hasta sus errores, consignados a conciencia, me gustaría contemplarlos en la fachada intocable de cualquier monumento. Mucho más poder meterme en uno de sus collages, para vivir con intensidad -ya digo- esa grandeza de las perspectivas imposibles…
Publicado en el diario El Adelanto de Salamanca 18.12.08

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