EN EL ALCARAVÁN 4

22 de octubre de 2006

ANCIANOS PACIENTES

Publicado en el Diario El Adelanto de Salamana
19.10.06

J. M. Ferreira Cunquero

El otro día, como no tenía nada que hacer, la Seguridad Social me organizó la mañana, dándome un curso intenso sobre metodología de la paciencia, y asimilación de cómo pueden perderse las horas absurdamente mirando una puerta o esperando a que en un altavoz suene medio gangoso tu nombre.
La sala parecía un auténtico aparcadero de gente mayor que, por tener tratamientos para sus enfermedades crónicas, han de ir cada cuatro días a que les recete el médico esos nutridos cócteles de cápsulas con todo tipo de colorines medicamentosos. Vamos, que como los jubilados tienen que hacer poca cosa, pues los concentran en estos lugares, donde se les mentaliza, a las primeras de cambio, a que deben pertenecer al club de las salas de espera, donde serán reconocidos como auténticos héroes del embrollo sanitario. No entiendo cómo toda esa gente, que tiene que tomar los mismos medicamentos durante toda la vida, no se revela organizándose hasta erradicar esa tomadura de pelo que, a parte de robarles tantas horas sin sentido, les expone a un posible contagio que puede joderles aún más su precaria salud.
Por otro lado reconozco la dificultad de los médicos que deben, cronómetro en mano, asimilar en segundos la novelesca historia de muchos pacientes, sin olvidarse de estar al loro para que los susodichos no se coman los minutos asignados al relatar sus desventuras. Procesar en el coco, buscando mentalmente en el vademécum algo que si no cura por lo menos no mate, debe ser toda una hazaña para quien tenga el empeño de ejercitar la medicina seriamente. Este sistema no permite ni la tranquilidad ni el tiempo necesario, para poder sanar con la palabra, como lo hacían aquellos médicos, que antaño eran una prolongación de la familia.
El patio sanitario de esta época está sosteniéndose sobre una organización lamentable, que da la impresión de tener escasita la mollera para dirigir esas mastodónticas ciudades hospitalarias, donde uno debe resignarse, por tradición, a ser demolido en la maquinaria absurda que, por dejadez y falta de tacto, fabrica como churros la impotencia.
Posiblemente, si esta sociedad fuese más combativa a la hora de exigir lo que le pertenece, algunos servicios públicos sufrirían la necesaria metamorfosis que debe adecuarlos a estos tiempos de los avances técnicos más asombrosos.
Sólo hace falta que nos demos una vuelta por las consultas hospitalarias, pidamos una cita, o acudamos a urgencias en día no coincidente con un partido de fútbol importante, para darnos cuenta del intolerable desaguisado que pagamos con el precioso precio de nuestro tiempo. Tener que soportar ese disparate organizativo debe ser una tortura para quienes, por desgracia, han de acudir continuamente a buscar remedio para el achaque crónico.
Por ello es alentador saber que ese grupo de gente maravillosa, relacionada con la especialidad de oncología, ha sido valorada por sus desvelos, cosa que seguramente debería ocurrir con otras ramas o departamentos de la medicina, que diariamente se sobreponen, con su arrojo personal, a todo tipo de deficiencias estructurales.
No hay que ser muy avispado para darse cuenta de la falta de personal que sufren los hospitales, ni cómo las aglomeraciones, en los centros de salud, rebasan una normalidad precisa para recibir el trato que esta sociedad merece.
De momento alguien debe hacer posible ya que las recetas no salgan con cuenta- gotas de las consultas. Los ancianos necesitan, en este asunto, sin duda, un trato más digno…

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