EN EL ALCARAVÁN 4

24 de julio de 2006

La fuerza del odio


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J. M. Ferreira Cunquero*



Cuando el odio se establece como fuente amamantadora que ciega las perspectivas humanas, la vida pasa a ser un simple billete temporal que aspira a conseguir solamente un viaje definitivo hacia el ocaso. Si ya al nacer se inculca esa radical cerrazón que hierve la sangre buscando venganza, poco pueden hacer los pactos insulsos y artificiosos, que no pasan de ser nuevos parches inservibles para prolongar una paz ficticia sobre cimientos de arena, en la zona geográfica más convulsa de la sin razón mundana.
El país más poderoso del planeta, para invadir Irak maquinó una artimaña que podría rememorar los más graciosos telefonazos de Gila, inventándose bombas y poderes infernalmente ocultos. En base a esto, ¿no es conveniente pensar que puede estarse manipulando, ahora, cualquier conflicto, por muy complicado que esto nos parezca?
Si en Irak se hubiesen dado las circunstancias, que seguramente fueron previstas sobre un tablero de juego infantil, los desfiles de la victoria más elocuentes habrían generado ese contexto propicio, que hubiese abierto posiblemente, entre otros, el desguace de la siempre recordada Siria, para reiniciar, de forma concluyente, el ejemplarizador camino que ansía establecer un orden mundial bajo la internacionalizada bandera del miedo más absoluto.
Pero Irak tiene un examen pendiente que, cuando menos, exige una evaluación, que pueda respondernos sin reservas por qué y para qué se llevó a cabo aquel expolio preventivo que hizo trizas todos los tratados internacionales en la materia, dejando en pelota picada a la desorganización mundial de las naciones más desunidas.
Es verdad que Israel, como férreo gendarme en el próximo oriente, debe guardar aquellos palmos de tierra, en comunión con el odio que madura fanatismos delirantes, sobre un zarzal reseco por la torpeza humana. Pero también el terrorismo de estado fomenta actuaciones desproporcionadas que causan la destrucción y la muerte, en una escalada que puede lograr -Dios sabe cuando- la destrucción de todos nosotros.
Una cosa es defenderse o poner a salvo, si me apuran, el orgullo patriótico de cualquier amenaza y otra es aterrorizar, demoliendo la vida, desde una prepotencia absurda que no puede, cegada por el rencor, parar a tiempo esa máquina bélica que viene fabricando, desde hace demasiado tiempo, vergonzosamente el dolor humano.
Atacar las comunicaciones, los centros neurálgicos que distribuyen los recursos imprescindibles para cubrir las necesidades básicas de la población civil, expandiendo el desastre total desde el revanchismo más asqueroso de la venganza, es un crimen contra la humanidad que no debería tener justificación alguna en ningún contexto internacional, donde se precien los países desarrollados de tener algo más que una voz desgastada y vacía.
Nada podríamos objetar si Israel hubiese atacado únicamente a Hezbolá y a su entorno cercano. Hezbolá, no lo olvidemos tampoco, ha encendido la primera llama sobre la mecha que provoca la explosión desmedida del orgullo israelí. Su incomprensible e injustificable actuación ha puesto en marcha la apisonadora del prepotente vecino que, de acuerdo con Bush, seguramente ha dispuesto penetrar en la cocina libanesa, para guisarnos otro plato representativo de este tiempo tan absurdo, donde la incongruencia humana sigue destrozando la libertad y la vida.
Unos y otros merecen una severa y contundente actuación internacional que coarte definitivamente sus constantes anhelos de derramar sangre inocente. Pero la ONU, ya lo vemos, tiene alojada una caprichosa bacteria constriñéndole los intestinos, de tal forma que sólo puede alzar su vocecita de señora mayor con artritis de lengua.
Mientras tanto, no hemos de olvidar que los niños de esa zona podrida del próximo oriente van recogiendo y asimilando estas lecciones fanáticas, que enseñan a afilar, en las rocas del odio, las garras que han de seguir mañana hincando su furia, como una necesidad en el ensangrentado corazón de la tierra.

* escritor

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