EN EL ALCARAVÁN 4

22 de septiembre de 2013

MINUCIAS MUNDANAS

         Es increíble que cuatro “niños pijos”, detrás de una pancarta y con el careto “enbufandao” ( al más puro estilo cobardica) con telas negras cual si tuvieran de luto el pellejo, te llamen facha porque no te unas como un tarugo a su ridícula manifestación callejera. Estos desfiles seudo- revolucionarios de fin de semana, ejercidos por acomodados mozalbetes que se reúnen como una coral de ceporros, contagiados de una mentirosa valentía que les enardece el ánimo, les hacen creer que son dueños y señores de la calle y de todo el mobiliario público que sufre sus caprichitos saboteadores. Estos individuos -a Dios gracias- nada tienen que ver con esos otros jóvenes que se citan en torno a cualquier injusticia, viajando por todo el mundo para tratar (desde el convencimiento de su lucha sana) de oponerse a las frías decisiones del capitalismo más rancio. Jóvenes que se enfrentan con rabia, no para rememorar los desgraciados tiempos que conocimos los cincuentones de esta época informático-televisiva, sino para pelear con dignidad por un mundo que asiente sus bases en la igualdad y el respeto al ser humano; un mundo justo que no permita esta falta de equidad que tasa el valor de los hombres únicamente con fórmulas económicas, catalogando derechos y obligaciones en base a parámetros injustos que limitan o condicionan todo tipo oportunidades.

         Sigue siendo inadmisible que, en una parte del planeta, el hambre asesine cada minuto a un montón de seres humanos indefensos, mientras en las saturadas despensas de los países más ricos y poderosos se pudren remanentes enormes de alimentos. Ese alarido con olor a tierra seca se esconde tras los muros fronterizos que apagan la ahogada voz de los miserables. Así no podemos oír su llamada. No queremos escuchar su congoja y mucho menos encontrarnos los ojos que pueden incendiar nuestra mirada con ese escaparate descolorido que alberga, tras opacas cristaleras, el rostro más despiadado del desaliento.

         Por esto, y por muchos más detalles que solemos calificar, por mera costumbre, como insignificantes rasgos modernistas, es emocionante ver cómo esa muchachada internacional expresa su descontento, cuando los hombres más poderosos del planeta se citan a bombo y platillo  para seguir amarrando seguramente sus intocables derechos. Derechos a un reparto injusto de la riqueza que sigue marcando a fuego sobre la piel de los países más pobres la incertidumbre de su futuro. Sólo nos queda esa mocedad que se une en la lucha contra la injusticia de la globalización, mostrándose como un reducto casi inverosímil de discordancia con este mundo civilizado, donde el orden establecido promociona y falsea un supuesto estado del bienestar, mientras escondemos bajo el gran manto del egoísmo materialista el compromiso social de nuestra ceguera.

         Poco puede esperar de nosotros esa parte del mundo que sostiene, sobre el pilar de la penuria, un desolador horizonte de desigualdades e injusticia.

Las ONG’s, los misioneros cristianos, la ayuda humanitaria y esos jóvenes que manifiestan su desacuerdo, enfrentándose a las fuerzas de seguridad que guardan los intocables despachos de los mandamases del planeta, es lo que nos queda para encauzar una imposible esperanza. Todo está pactado y repartido.

Estas reflexiones me añusgan las entendederas, cuando compruebo, como decía al principiar estas líneas, que siguen creciendo moderadamente por toda Europa agrupaciones de jovenzuelos que tratan de resucitar las viejas y terroríficas glorias del pasado, mientras instruyen los sentidos en asquerosas doctrinas violentas. Y en este saco siniestro de la voluntad juvenil dirigida, prácticamente da igual que identifiquemos a estos individuos en la derecha o en la izquierda. Las videoconsolas y el muladar rastrero de la abominable televisión, entre otros factores, puede hacernos suponer que el panorama no invita al optimismo.



J. M. Ferreira Cunquero





*escritor

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