EN EL ALCARAVÁN 4

6 de diciembre de 2010

VILVESTRE "Exuberancia en las Arribes"

POR J. M. Ferreira Cunquero

Publicado en la revista  emc2
Foto H. Tomé

 Una vez esclarecidas las coordenadas de esta helmántica ciudad que palpita con susurros de piedra su historia, me reservo el placer de mostrar los tesoros que, en nuestra provincia, por sus contrastes, logran seducir a los amigos viajeros que se dejan guiar por este enamorado de una tierra que es única para vivir momentos intensamente irrepetibles. Así recorremos la planicie, que en La Armuña acoge los densos trigos que bajo el cielo danzan, o el asombroso espectáculo de las sierras salmantinas donde, cual venas de emoción, transitan los senderos naturales sus quebradas. Tierra de matices costumbristas, que invocan con temblor ancestral nuestra presencia; sombras del tiempo, recostadas al atardecer bajo los viejos encinares que en el Campo Charro firman con cierto orgullo su regia estampa. Y ya, cuando los foráneos visitantes dan fe de esta fortuna que bendice el terruño salmantino, me embarco en el emocionante acontecimiento natural que acaece al noroeste de nuestra geografía. El parque natural de Las Arribes del Duero es una exposición exuberante de la naturaleza; hábitat de ensueño, que inculca en las honduras más exigentes la imperiosa necesidad de predecir otros encuentros. Encuentros con la voz del agua, que serpentea por los cañones graníticos o por el manso curso que propaga el milagro perdurable del verdor, matiz del óleo magistral de la ribera.



Perla del Duero


Reconociendo que Las Arribes merecen una dedicación exhaustiva para descubrir la rica variedad de sus múltiples atractivos, mi particular pertenencia a un atardecer inolvidable me vincula a los encantos únicos y extraordinarios que se unifican en Vilvestre y su espectacular entorno. Pueblo de gentes que, en la tarea común de lo nuestro, guardan con cierto privilegio la mesura ribereña; heredad dimanante de una historia que induce a inquirir seductoras conjeturas o exotéricos vaticinios que vienen desde siempre anidando en la memoria. Así emerge nuestra pertenencia ancestral a las raíces que, regadas por los años, germinan como fruto de verdad el valor de la leyenda.
El taller neolítico, que tanto afama a Vilvestre, es ejemplo de ese rico valor que despierta el rasgo contradictorio entre quienes han estudiado este interesante lugar, que nos cita con nosotros mismos en el albor de otra era. Aunque es imposible evitar que la imaginación y los apegos despierten el matiz misterioso del cerro de Vilvestre, es tentador inclinarse por quienes afirman, que más que taller para afilar armas, aquel rincón enigmático fue santuario rupestre de cierta relevancia en la prehistoria. La implantación del cristianismo apaga más tarde los ecos paganos, erigiéndose en sus inmediaciones la ermita, donde la Señora de Vilvestre es agasajada con celo por sus entusiastas devotos. A la Virgen del Castillo nunca le falta la luz que mantiene viva la llama de un pueblo como auténtica virtud de su arraigo.
Más allá de estas insinuaciones que despiertan nuestra tendencia a rendirnos ante esta fascinadora incitación, hemos de recorrer sus calles para gozar de las casas añejas que realzan como auténticos tesoros la arquitectura peculiar de la comarca. Fachadas góticas, balcones con originales rejerías, ménsulas que sostienen con vigor tradicional el recuerdo y la ausencia…
Recordando los pelourinhos portugueses de estilo gótico manuelino, el Rollo de Vilvestre erige su cruz sencilla sobre un pilar profusamente decorado con formas y detalles, que pueden hacernos sentir, evocando otro tiempo, el inconfundible pálpito de la sorpresa emocionante. Podemos saborear ese halo intransferible, que habita los rincones de los pueblos que han sabido mantener el carácter costumbrista que marca en nuestros orígenes lo que somos.
La iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, cual vigía del pueblo ribereño, alza con bella naturalidad su uniforme equilibrio, propio del renacimiento, sugiriéndonos en sus atrayentes huellas del gótico tardío el deleite que nos aguarda en su interior.
Y ya cuando los amigos viajeros creen que, en El Castillo que domina los contornos, es posible que mengüe la aventura, es cuando la fascinación alcanza su cenit. En los aledaños de la ermita de la Virgen del Castillo, los miradores nos incrustan en el espectáculo montañoso que es atravesado en sus entrañas por el Duero. Río o Raya que, en complicidad, aúna horizontes con la hermana tierra lusa para exteriorizar el abrazo común, que en Las Arribes se extiende con contundente hermosura por el circo rocoso.
La pendiente espectacular que nos lleva hasta La Barca discurre entre la vegetación silvestre, propia del microclima que acentúa los contrastes, mientras se enmarca Peño Durón en el decorado natural que germina emocionantes perspectivas de ensueño. Allí simula ser el río castellano inmensa laguna, que irrumpe misteriosa del vientre de la montaña, donde el viento escultor ha tallado en la piel de granito la forma.
En barco podemos seguir el curso hasta el embarcadero de la Congida, cerca de la presa hidroeléctrica de Saucelle, o navegar río arriba hacia el mirador de la Code, mientras disfrutamos entre otras cosas de las grandes rapaces, que ebrias de altura preñan de libertad el cielo, o de las caprichosas geometrías que ha modelado con paciente fortuna el pulso firme del natural prodigio.
Y al regreso, cuando ya hemos captado la mágica insinuación de aquel paisaje, podemos acercarnos a monte Gudín, o al molino de la Luisa donde, a través de un contraluz, es posible observar con cierta melancolía los entresijos artesanales de la molienda.
No podemos irnos sin degustar, acompañado del excelente vino de la zona, el que es uno de los quesos de oveja más selectos que se elaboran en nuestra provincia. Después, el poso hechicero de Las Arribes nos hará tornar a su embrujo y, en el cálido hospedaje que nos ofrece Vilvestre, podemos descubrir, ya sin prisa, en el reencuentro, la impresionante variedad de sus rutas y atalayas.









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